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Yo soy
He estado en todas partes, la gente no suele referirse a mí con palabras alegres, más bien van cargadas de incomprensión y temor. Temor a no comprender.
Les regalo momentos de paz y ellos me ahuyentan, de una u otra manera; intento proveerlos de espacio y ambiente para que piensen y ellos escogen el ruido o la compañía. Termino siendo culpable de amores destruidos y desencuentros, yo que en mi presencia soy ausente; me esquivan con desesperación algunos y se rodean de muchas otras cosas, materiales, superficiales, no me quieren cerca; me toleran otros pocos, aunque temen que lo mío no sea pasajero y me quede por siempre. Necesito tiempo para estudiar mi proceder, ya que consejos jamás recibiré, ¡existencia eterna y solitaria la mía!
Contemplo a los pescadores en los muelles, están muy concentrados, no les molesto. Admiro a los niños jugando, si se encuentran juntos, alegres, no intervengo. Es posible que a veces se me facilite el trabajo, la verdad es que me gustaría sentir como cualquiera de los que veo.
He dejado de pensar en ello, me pongo a observar las olas del mar, azul e imponente, cómo el viento levanta la arenisca de forma suave, como si fuera una caricia. No puedo evitar caer en lo mismo y pienso. A la nada pertenezco, de lo vacío yo soy el todo. Noto que un hombre toma asiento a mi lado. No me sabe allí.
-Al menos hay alguien más – Dice- eso es bueno.
Creo que habla consigo mismo, ¿A quién se refiere sino?
-¿De dónde has venido? – Pregunta, sin dejar de mirar el océano.
-De todas partes.
-¿A dónde te diriges?
-A cualquier lugar.
Fueron dos respuestas mías, las únicas palabras que he proferido en mi larga y pesada labor en innúmeros años. Nada más quise decir, el hombre continúa:
-Daría lo que fuera por tranquilidad, mi vida es muy agotadora, está plagada de emociones. No tengo a nadie que me dé consejo y lo necesito aunque soy bastante mayor y debería saber, ¿Tú podrías?
Lo miré, él lograba verme.
-Estaría incumpliendo mi trabajo, no soy un consejero – Me limito a decir, mientras el sujeto se levanta y me observa.
-Te entristece ver a las personas sumidas en la ausencia de almas amigas.
Lo había dicho muy bien. Conoce de qué habla.
-Lo triste es saber que soy causante de eso.
-¡Tonterías!, los corazones solitarios hallan en ti resplandor, quietud, pues pueden pensar, actuar libremente, no se cohíben ante sus sueños, los aceptan, planean la mejor forma de luchar por ellos; sólo tú eres testigo de sus profundos anhelos, de todos los seres, pues en algún momento todos se encuentran solos.
-Quizá sea así – Digo, mientras el atardecer se dibuja en la lejanía, sobre el mar.
-Obsérvate, eres representante de lo individual en las almas de los hombres, tienes mi compañía, aquí y ahora; eso significa que cualquiera se deshace de tu encanto o se acopla a él.
Lo miro hablar, lo hace con convicción; confieso que si yo fuese humano, derramaría unas lágrimas; era cierto, los hombres podían entender mi padecer, mi sufrir, mi labor; lo único que hago, aunque me conozcan por ese nombre. Ellos saben, son conscientes, estoy allí y acá, del vacío soy el todo, soy la soledad. Debo continuar, el hombre comienza a alejarse. Me dirijo a él.
-Tienes ventaja, logras verme y conoces quién soy, ¿Cómo puedo llamarte?
-La eternidad me tendrá de dirigente, soy yo todo lo que hay y habrá, el que verá lo
que suceda y deje de suceder, es mía la soledad, compartámosla; pues viviré por siempre. El tiempo es como me debes nombrar.
“Nuncius- Cristian Jesús Gentile
San Antonio de Padua, Buenos Aires.
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